(…) la palabra clave es: “reír”. El ser humano es el único animal que sabe –o puede– reírse. Reírse es bueno, hasta los médicos, que son gente muy seria, lo dicen. También es sabido que es útil para exorcizar la angustia, de aquí el humor negro y los chistes en los velatorios. Cada tanto aparece alguna investigación de alguna universidad, pongamos la de Minessotta, que afirma que los sujetos estudiados que se rieron 4 minutos diarios o más incrementaron sus posibilidades de sobrevida en un 6,7%. Eso sí, además de reírse, ayudaría bastante que no los manden a Irak.
Podríamos decir que el humor es sanador, aunque no es bueno confiarse demasiado. Debemos recordar que el humor requiere de códigos compartidos. Si intentamos hacer reír a otro que tiene códigos distintos a los nuestros, más que hacerlo reír, conseguiremos que ponga cara de bragueta. O nos quiera sacar a patadas. (Algo que suele suceder con personas o doctrinas con poco sentido del humor.) Así sucede con el llamado “humor a costa del otro”, que lamentablemente está muy difundido. Mucha gente encuentra divertidísimo cargar, gastar al prójimo, sobre todo al distinto: a la gorda, al negro, al rengo, al que se equivoca o a la víctima de una cámara oculta. El “reírse del otro”, no “con”, se encuentra muy difundido en la televisión, ya que se supone que da más rating y eso es palabra santa. No puede decirse que sea un humor inocente. Después de Freud, nadie puede hacerse el cándido frente a ciertos chistes que quieren mostrarse como herramientas de humor, pero son herramientas de agresión. Y de las peores. Porque se dicen con una sonrisa, escondiendo la intencionalidad de decir lo indecible, por cobardía, de otra manera. Cuando nos enojamos y le paramos el carro, el tipo nos sale con un: “Che, que mala onda… si es un chiste…”.
Sin embargo, el humor, el chiste y sus hermanitas, la ironía y la sátira, pueden ser recursos válidos para restaurar la dignidad cuando corre peligro. En situaciones de opresión, donde el dominado no puede liberarse, al apodar ridiculizando al carcelero, el humor ayuda a resistir y a apuntalar la dignidad. No estamos derrotados, aún podemos burlarnos y eso no lo pueden evitar por más grandes y poderosos que sean. Es más, cuanto más grandes y poderosos sean, más flancos ofrecen para ser ridiculizados. Como dice el psicoanalista Eduardo Botero Toro: “Quien apela a la risa apela a la seriedad del drama por la vía de impedir quedar sometido a su imperio; que es justamente lo que todos los fundamentalismos (y autoritarismos) procuran prohibir…”. Esto nos lleva al humor político. Si bien es cierto que el humor político es naturalmente opositor, es fundamental tener en cuenta que la oposición que dignifica es la que se ejerce contra el poder, y no siempre el poder coincide con la figura del gobierno. Si nos equivocamos en esto, podemos pensar que se satiriza y se desgasta al poder, cuando en realidad se apuntala al poder real que reside en los sectores hegemónicos del establishment. En nuestra historia reciente no hay mejor ejemplo que cuando los humoristas se ensañaron con el presidente Illia satirizándolo y comparándolo con una tortuga, suponiendo que se encontraban en la vereda de los opositores, cuando en realidad colaboraban con el verdadero poder –que no residía en el gobierno–. (…)