Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también pequeño. Una tía, que pertenecía a los niños, ocupaba un asiento de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto, estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento. Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente, recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta.
-No, Cyril, no -exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los cojines del asiento, provocando una nube de polvo con cada golpe-. Ven a mirar por la ventanilla -añadió.
El niño se desplazó hacia la ventilla con desgana.
-¿Por qué sacan a esas ovejas fuera de ese campo? -preguntó.
-Supongo que las llevan a otro campo en el que hay más hierba -respondió la tía débilmente.
-Pero en ese campo hay montones de hierba -protestó el niño-; no hay otra cosa que no sea hierba. Tía, en ese campo hay montones de hierba.
-Quizá la hierba de otro campo es mejor -sugirió la tía neciamente
-¿Por qué es mejor? -fue la inevitable y rápida pregunta.
-¡Oh, mira esas vacas! -exclamó la tía.
Casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren tenían vacas o toros, pero ella lo dijo como si estuviera llamando la atención ante una novedad.
-¿Por qué es mejor la hierba del otro campo? -persistió Cyril.
El ceño fruncido del soltero se iba acentuando hasta estar ceñudo. La tía decidió, mentalmente, que era un hombre duro y hostil. Ella era incapaz por completo de tomar una decisión satisfactoria sobre la hierba del otro campo.
La niña más pequeña creó una forma de distracción al empezar a recitar «De camino hacia Mandalay». Sólo sabía la primera línea, pero utilizó al máximo su limitado conocimiento. Repetía la línea una y otra vez con una voz soñadora, pero decidida y muy audible; al soltero le pareció como si alguien hubiera hecho una apuesta con ella a que no era capaz de repetir la línea en voz alta dos mil veces seguidas y sin detenerse. Quienquiera que fuera que hubiera hecho la apuesta, probablemente la perdería.
-Acérquense aquí y escuchen mi historia -dijo la tía cuando el soltero la había mirado dos veces a ella y una al timbre de alarma.
Los niños se desplazaron apáticamente hacia el final del compartimiento donde estaba la tía. Evidentemente, su reputación como contadora de historias no ocupaba una alta posición, según la estimación de los niños.
Con voz baja y confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por preguntas malhumoradas y en voz alta de los oyentes, comenzó una historia poco animada y con una deplorable carencia de interés sobre una niña que era buena, que se hacía amiga de todos a causa de su bondad y que, al final, fue salvada de un toro enloquecido por numerosos rescatadores que admiraban su carácter moral.
-¿No la habrían salvado si no hubiera sido buena? -preguntó la mayor de las niñas.
Esa era exactamente la pregunta que había querido hacer el soltero.
-Bueno, sí -admitió la tía sin convicción-. Pero no creo que la hubieran socorrido muy deprisa si ella no les hubiera gustado mucho.
-Es la historia más tonta que he oído nunca -dijo la mayor de las niñas con una inmensa convicción.
-Después de la segunda parte no he escuchado, era demasiado tonta -dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario, pero hacía rato que había vuelto a comenzar a murmurar la repetición de su verso favorito.
-No parece que tenga éxito como contadora de historias -dijo de repente el soltero desde su esquina.
La tía se ofendió como defensa instantánea ante aquel ataque inesperado.
-Es muy difícil contar historias que los niños puedan entender y apreciar -dijo fríamente.
-No estoy de acuerdo con usted -dijo el soltero.
-Quizá le gustaría a usted explicarles una historia -contestó la tía.
-Cuéntenos un cuento -pidió la mayor de las niñas.
-Érase una vez -comenzó el soltero- una niña pequeña llamada Berta que era extremadamente buena.
El interés suscitado en los niños momentáneamente comenzó a vacilar en seguida; todas las historias se parecían terriblemente, no importaba quién las explicara.
-Hacía todo lo que le mandaban, siempre decía la verdad, mantenía la ropa limpia, comía budín de leche como si fuera tarta de mermelada, aprendía sus lecciones perfectamente y tenía buenos modales.
-¿Era bonita? -preguntó la mayor de las niñas.
-No tanto como cualquiera de ustedes -respondió el soltero-, pero era terriblemente buena.
Se produjo una ola de reacción en favor de la historia; la palabra terrible unida a bondad fue una novedad que la favorecía. Parecía introducir un círculo de verdad que faltaba en los cuentos sobre la vida infantil que narraba la tía.
-Era tan buena -continuó el soltero- que ganó varias medallas por su bondad, que siempre llevaba puestas en su vestido. Tenía una medalla por obediencia, otra por puntualidad y una tercera por buen comportamiento. Eran medallas grandes de metal y chocaban las unas con las otras cuando caminaba. Ningún otro niño de la ciudad en la que vivía tenía esas tres medallas, así que todos sabían que debía de ser una niña extraordinariamente buena.
-Terriblemente buena -citó Cyril.
-Todos hablaban de su bondad y el príncipe de aquel país se enteró de aquello y dijo que, ya que era tan buena, debería tener permiso para pasear, una vez a la semana, por su parque, que estaba justo afuera de la ciudad. Era un parque muy bonito y nunca se había permitido la entrada a niños, por eso fue un gran honor para Berta tener permiso para poder entrar.
-¿Había alguna oveja en el parque? -preguntó Cyril.
-No -dijo el soltero-, no había ovejas.
-¿Por qué no había ovejas? -llegó la inevitable pregunta que surgió de la respuesta anterior.
La tía se permitió una sonrisa que casi podría haber sido descrita como una mueca.
-En el parque no había ovejas -dijo el soltero- porque, una vez, la madre del príncipe tuvo un sueño en el que su hijo era asesinado tanto por una oveja como por un reloj de pared que le caía encima. Por esa razón, el príncipe no tenía ovejas en el parque ni relojes de pared en su palacio.
La tía contuvo un grito de admiración.
-¿El príncipe fue asesinado por una oveja o por un reloj? -preguntó Cyril.
-Todavía está vivo, así que no podemos decir si el sueño se hará realidad -dijo el soltero despreocupadamente-. De todos modos, aunque no había ovejas en el parque, sí había muchos cerditos corriendo por todas partes.
-¿De qué color eran?
-Negros con la cara blanca, blancos con manchas negras, totalmente negros, grises con manchas blancas y algunos eran totalmente blancos.
El contador de historias se detuvo para que los niños crearan en su imaginación una idea completa de los tesoros del parque; después prosiguió:
-Berta sintió mucho que no hubiera flores en el parque. Había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del príncipe y tenía intención de mantener su promesa por lo que, naturalmente, se sintió tonta al ver que no había flores para coger.
-¿Por qué no había flores?
-Porque los cerdos se las habían comido todas -contestó el soltero rápidamente-. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no podía tener cerdos y flores, así que decidió tener cerdos y no tener flores.
Hubo un murmullo de aprobación por la excelente decisión del príncipe; mucha gente habría decidido lo contrario.
-En el parque había muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con peces dorados, azules y verdes, y árboles con hermosos loros que decían cosas inteligentes sin previo aviso, y colibríes que cantaban todas las melodías populares del día. Berta caminó arriba y abajo, disfrutando inmensamente, y pensó: «Si no fuera tan extraordinariamente buena no me habrían permitido venir a este maravilloso parque y disfrutar de todo lo que hay en él para ver», y sus tres medallas chocaban unas contra las otras al caminar y la ayudaban a recordar lo buenísima que era realmente. Justo en aquel momento, iba merodeando por allí un enorme lobo para ver si podía atrapar algún cerdito gordo para su cena.
-¿De qué color era? -preguntaron los niños, con un inmediato aumento de interés.
-Era completamente del color del barro, con una lengua negra y unos ojos de un gris pálido que brillaban con inexplicable ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Berta; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que podía ser visto desde una gran distancia. Berta vio al lobo, vio que se dirigía hacia ella y empezó a desear que nunca le hubieran permitido entrar en el parque. Corrió todo lo que pudo y el lobo la siguió dando enormes saltos y brincos. Ella consiguió llegar a unos matorrales de mirto y se escondió en uno de los arbustos más espesos. El lobo se acercó olfateando entre las ramas, su negra lengua le colgaba de la boca y sus ojos gris pálido brillaban de rabia. Berta estaba terriblemente asustada y pensó: «Si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría segura en la ciudad». Sin embargo, el olor del mirto era tan fuerte que el lobo no pudo olfatear dónde estaba escondida Berta, y los arbustos eran tan espesos que podría haber estado buscándola entre ellos durante mucho rato, sin verla, así que pensó que era mejor salir de allí y cazar un cerdito. Berta temblaba tanto al tener al lobo merodeando y olfateando tan cerca de ella que la medalla de obediencia chocaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo acababa de irse cuando oyó el sonido que producían las medallas y se detuvo para escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba cerca de él. Se lanzó dentro de él, con los ojos gris pálido brillando de ferocidad y triunfo, sacó a Berta de allí y la devoró hasta el último bocado. Todo lo que quedó de ella fueron sus zapatos, algunos pedazos de ropa y las tres medallas de la bondad.
-¿Mató a alguno de los cerditos?
-No, todos escaparon.
-La historia empezó mal -dijo la más pequeña de las niñas-, pero ha tenido un final bonito.
-Es la historia más bonita que he escuchado nunca -dijo la mayor de las niñas, muy decidida.
-Es la única historia bonita que he oído nunca -dijo Cyril.
La tía expresó su desacuerdo.
-¡Una historia de lo menos apropiada para explicar a niños pequeños! Ha socavado el efecto de años de cuidadosa enseñanza.
-De todos modos -dijo el soltero cogiendo sus pertenencias y dispuesto a abandonar el tren-, los he mantenido tranquilos durante diez minutos, mucho más de lo que usted pudo.
«¡Infeliz! -se dijo mientras bajaba al andén de la estación de Templecombe-. ¡Durante los próximos seis meses esos niños la asaltarán en público pidiéndole una historia impropia!»
“La casa de Adela”, de Mariana Enriquez
Todos los
días pienso en Adela. Y si durante el día no aparece su recuerdo —las pecas,
los dientes amarillos, el pelo rubio demasiado fino, el muñón en el hombro, sus
botitas de gamuza— siempre regresa de noche, en sueños. Los sueños de Adela son
todos distintos, pero nunca falta la lluvia ni faltamos mi hermano y yo, los
dos parados frente a la casa abandonada, con nuestros pilotos amarillos,
mirando a los policías en el jardín que hablan en voz baja con nuestros padres.
Nos hicimos
amigos porque ella era una princesa de suburbio, mimada de su enorme chalet
inglés insertado en nuestro barrio gris de Lanús, tan diferente que parecía un
castillo, sus habitantes los señores y nosotros los siervos en nuestras casas
cuadradas de cemento con jardines raquíticos. Nos hicimos amigos porque ella
tenía los mejores juguetes importados. Y porque organizaba las mejores fiestas
de cumpleaños cada 3 de enero, poco antes de Reyes y poco después de Año Nuevo,
al lado de la pileta, con el agua que, bajo el sol de la siesta, parecía
plateada, hecha de papel de regalo. Y porque tenía un proyector y usaba las
paredes blancas del living para ver películas mientras el resto del barrio
todavía penaba con televisores blanco y negro.
Era fácil
hacerse amigo de Adela, porque la mayoría de los chicos del barrio la evitaba,
a pesar de su casa, sus juguetes, su pileta y sus películas. Era por el brazo.
Adela tenía un solo brazo. A lo mejor lo más preciso sea decir que le faltaba
un brazo. El izquierdo. Por suerte no era zurda. Le faltaba desde el hombro;
tenía ahí una pequeña protuberancia de carne que se movía, con un retazo de
músculo, pero no servía para nada. Los padres de Adela decían que era un
defecto de nacimiento. Muchos otros chicos le tenían miedo, o asco. Se reían de
ella, le decían monstruita, adefesio, bicho incompleto; decían que la iban a
contratar de un circo, que seguro estaba su foto en los libros de medicina. A
ella no le importaba. Ni siquiera quería usar un brazo ortopédico. Le gustaba
ser observada y nunca ocultaba el muñón. Si veía la repulsión en los ojos de
alguien, era capaz de refregarle el muñón por la cara o de sentarse muy cerca y
rozar el brazo del otro con su apéndice inútil, hasta humillarlo, hasta dejarlo
al borde las lágrimas.
Nuestra
madre decía que Adela tenía un caracter único, era valiente y fuerte, un
ejemplo, una dulzura, qué bien la criaron, qué buenos padres, insistía. Pero
Adela contaba que sus padres mentían. Sobre el brazo. No nací así. Y qué pasó,
le preguntábamos. Y entonces ella daba su versión. La había atacado su perro,
un Doberman negro llamado Infierno. El perro se había vuelto loco como a veces
les pasa a los Doberman, una raza que, según Adela, tenía un cráneo demasiado
chico para el tamaño del cerebro, entonces les dolía siempre la cabeza y se
enloquecían. Decía que la había atacado cuando ella tenía dos años. Se
acordaba, el dolor, los gruñidos, el ruido de las mandíbulas masticando, la
sangre manchando el pasto, mezclada con el agua de la pileta. Su padre lo había
matado de un tiro; excelente puntería, porque el perro, cuando recibió el
disparo, todavía cargaba con Adela bebé entre los dientes.
Mi hermano
no creía esta versión.
—A ver, y la
cicatriz donde está.
—Se curó re
bien. No se ve.
—Imposible.
Siempre se ven.
—No quedó
cicatriz de los dientes, me tuvieron que cortar más arriba de la mordida.
—Obvio.
Igual tendría que haber cicatriz. No se borra así nomás.
Y le
mostraba su propia cicatriz de apendicitis, en la ingle, como ejemplo.
—A vos porque
te operaron médicos de cuarta. Yo estuve en la mejor clínica de capital.
—Bla bla bla
—le decía mi hermano y la hacía llorar. Era el único que la enfurecía. Y sin
embargo nunca se peleaban del todo. Él disfrutaba sus mentiras. A ella le
gustaba el desafío. Y yo solamente escuchaba y así pasaban las tardes después
de la escuela hasta que mi hermano y Adela descubrieron las películas de terror
y cambió todo para siempre.
No sé cuál
fue la primera película. A mí no me daban permiso para verlas. Mi mamá decía
que era demasiado chica. Pero Adela tiene mi misma edad, insistía yo. Problema
de sus papás si la dejan: vos no, decía mi mamá y era imposible discutir con
ella.
—¿Y por qué
a Pablo lo dejás?
—Porque es
más grande.
—¡Porque es
varón! —gritaba mi papá, entrometido, orgulloso.
—¡Los odio!
—gritaba yo, y lloraba en mi cama hasta quedarme dormida.
Lo que no
pudieron controlar fue que mi hermano Pablo y Adela, llenos de compasión, me
contaran las películas. Y cuando terminaban de contarlas, contaban más
historias. Cuando Adela hablaba, cuando se concentraba y le ardían los ojos
oscuros, el parque de la casa se llenaba de sombras, que corrían, que saludaban
burlonas. Yo las veía cuando ella se sentaba de espaldas al ventanal, en el
living. No se lo decía. Pero Adela sabía. Mi hermano no sé. Él podía ocultar
mejor que nosotras.
Supo ocultar
hasta el final, hasta su último acto, hasta el accidente –hasta el suicidio, le
sigo diciendo accidente a su suicidio–.
La verdad es
que no recuerdo cuáles de las historias eran resúmenes de películas. Nunca pude
ver una película de terror. Después de lo que pasó en la casa les tengo fobia.
Si veo una escena por casualidad o error en la televisión, esa noche tengo que
tomar pastillas para dormir y durante días tengo náuseas y recuerdo a Adela
sentada en el sillón, con los ojos quietos y sin su brazo, y mi hermano
mirándola con adoración. Algunas de las historias que recuerdo: un perro
poseído por el demonio —Adela tenía debilidad por las historias de animales—,
otra sobre un hombre que había descuartizado a su mujer y ocultado sus miembros
en una heladera; esos miembros, por la noche, habían salido a perseguirlo,
piernas y brazos y tronco y cabeza rodando y arrastrándose por la casa, hasta
que la mano muerta y vengadora mata al asesino, apretándole el cuello –Adela
tenía debilidad, también, por las historias de miembros mutilados y
amputaciones—; otra sobre el fantasma de un niño que siempre aparecía en las
fotos de cumpleaños, el invitado terrorífico que nadie reconocía, de piel gris
y sonrisa ancha.
Solamente me
acuerdo en detalle de las historias sobre la casa abandonada. Incluso sé cuándo
comenzó la obsesión. Fue culpa de mi madre. Una tarde después de la escuela mi
hermano y yo la acompañamos hasta el supermercado. Ella apuró el paso cuando
pasamos frente a la casa abandonada que estaba a media cuadra del negocio. Nos
dimos cuenta y le preguntamos por qué corría. Ella se rió. Me acuerdo de la
risa de mi madre, lo joven que era esa tarde de verano, el olor a champú de
limón de su pelo y la carcajada de chicle de menta.
—¡Soy más
tonta! Me da miedo esa casa, no me hagan caso.
Trataba de
tranquilizarnos, de portarse como una adulta, como una madre.
—Por qué
–dijo Pablo.
—Por nada,
porque está abandonada.
—¿Y?
—No hagas
caso hijo.
—¡Decime,
dale!
—Me da miedo
que se esconda alguien adentro, un ladrón, cualquier cosa.
Mi hermano
quiso saber más, pero mi madre no tenía argumentos, solamente su aprehensión.
La casa había estado abandonada desde que mis padres llegaron al barrio, antes
del nacimiento de Pablo. Ella sabía que, apenas meses antes, se habían muerto
los dueños, un matrimonio de viejitos. ¿Se murieron juntos?, quiso saber Pablo.
Qué morboso estás hijo, te voy a prohibir las películas. No, se murieron uno
atrás del otro. Les pasa a los matrimonios de viejitos, cuando uno se muere el
otro se apaga enseguida. Y desde entonces los hijos se están peleando por la
sucesión. Qué es la sucesión, quise saber yo. Es la herencia, dijo mi madre. Se
están peleando a ver quién se queda con la casa.
—Bueno. Pero
está que se cae la casa, mamá.
—Qué se yo
hijo, querrán el terreno, es un problema de la familia.
—Para mí que
tiene fantasmas.
—¡A vos te
están haciendo mal las películas!
Yo creí que
se las iban a prohibir, pero mi mamá no volvió a mencionar el tema. Y, al día
siguiente, mi hermano le contó a Adela sobre la casa. Ella se entusiasmó: una
casa embrujada tan cerca, en el barrio, a dos cuadras apenas, era la pura
felicidad. Vamos a verla, dijo ella. Salimos corriendo. Bajamos las escaleras
de madera del chalet, muy hermosas, tenían de un lado ventanas con vidrios de colores,
verdes, amarillos y rojos y estaban alfombradas. Adela corría más lento que
nosotros y un poco de costado, por la falta del brazo; pero corría rápido. Esa
tarde llevaba un vestido blanco, con breteles; me acuerdo de que, cuando
corría, el bretel del lado izquierdo caía sobre su resto de bracito y ella lo
acomodaba sin pensar, como si se sacara de la cara un mechón de pelo.
La casa no
tenía nada especial a primera vista, pero si se le prestaba atención, había
detalles inquietantes. Las ventanas estaban tapiadas, cerradas completamente,
con ladrillos. ¿Para evitar que alguien entrara o que algo saliera? La puerta,
de hierro, estaba pintada de marrón oscuro; parece sangre seca, dijo Adela.
Qué
exagerada, me atreví a decirle. Ella solamente me sonrió. Tenía los dientes
amarillos. Eso sí me daba asco, no su brazo, o su falta de brazo. No se lavaba
los dientes; y además era muy pálida y la piel traslúcida hacía resaltar ese
color enfermizo, como pasa en los rostros de las geishas o de los mimos. Entró
al jardín, muy pequeño, de la casa. Se paró en el camino de baldosas que
llevaba a la puerta, se dio vuelta y dijo:
—¿Se dieron
cuenta?
No esperó
nuestra respuesta.
—Es muy
raro, ¿cómo puede ser que tenga el pasto tan corto?
Mi hermano
la siguió, entró al jardín y, como si tuviera miedo, también se quedó en el
sendero de baldosas que llevaba de la vereda a la puerta de entrada.
—Es verdad
–dijo. —Los pastos tendrían que estar altísimos. Mirá, Clara, vení.
Entré.
Cruzar el portón oxidado fue horrible. No lo recuerdo así por lo que pasó
después: estoy segura de lo que sentí entonces, en ese preciso momento. Hacía
frío en ese jardín. Y el pasto parecía quemado. Arrasado. Era amarillo, corto:
ni un yuyo verde. Ni una planta. En ese jardín había una sequía infernal y al
mismo tiempo era invierno. Y la casa zumbaba, zumbaba como un mosquito ronco,
como un mosquito gordo. Vibraba. No salí corriendo porque no quería que mis
hermano y Adela se burlaran de mí, pero tenía ganas de escapar hasta mi casa,
hasta mi mamá, de decirle tenés razón, esa casa es mala y no se esconden
ladrones, se esconde un bicho que tiembla, se esconde algo que no tiene que
salir.
Adela y
Pablo no hablaban de otra cosa. Todo era la casa. Preguntaban por el barrio
sobre la casa. Preguntaban al quiosquero y en el club; a Don Justo, que
esperaba el atardecer sentado en una silla sobre la vereda, a los gallegos del
bazar y a la verdulera. Nadie les decía nada de importancia. Pero varios
coincidieron en que la rareza de las ventanas tapiadas y ese jardín reseco les
daba escalofríos, tristeza, a veces miedo, sobre todo de noche. Muchos se
acordaban de los viejitos: eran rusos o lituanos, muy amables, muy callados. ¿Y
los hijos? Algunos decían que peleaban por la herencia. Otros que nunca
visitaban a sus padres, ni siquiera cuando se enfermaron. Nadie los conocía.
Los hijos, si existían, eran un misterio.
—Alguien
tuvo que tapiar las ventanas –le dijo mi hermano a Don Justo.
—Vos sabés
que sí, ahora que decís. Pero lo hicieron unos albañiles, no lo hicieron los
hijos.
—A lo mejor
los albañiles eran los hijos.
—Seguro que
no. Eran bien morochos los albañiles y los viejitos eran rubios, transparentes.
Como vos, Adelita, como tu mamá. Polacos debían ser.
La idea de
entrar a la casa fue de mi hermano. Estaba fanatizado. Tenía que saber que
había pasado en esa casa, qué había adentro. Lo deseaba con un fervor muy
extraño para un chico de once años. No entiendo, nunca pude entender qué le
hizo la casa, cómo lo atrajo así. Porque lo atrajo a él, primero. Y él contagió
a Adela.
Se sentaban
en el caminito de baldosas amarillas y rosas que partía el jardín reseco. El
portón de hierro oxidado estaba siempre abierto, les daba la bienvenida. Yo los
acompañaba, pero me quedaba afuera, en la vereda. Ellos miraban la puerta, como
si creyeran que podían abrirla con la mente. Pasaban horas ahí sentados, en
silencio. La gente que pasaba por la vereda no les prestaba atención. No les
parecía raro o quizá no los veían. Yo no me atrevía a contarle nada a mi madre.
O, a lo
mejor, la casa no me dejaba hablar. La casa no quería que los salvara.
Seguíamos
reuniéndonos en el living de la casa de Adela, pero ya no se hablaba de
películas. Ahora Pablo y Adela –pero sobre todo Adela— contaban historias de la
casa. De dónde las sacan, les pregunté una tarde. Parecieron sorprendidos, se
miraron.
—La casa nos
cuenta las historias. ¿Vos no la escuchás?
—Pobre –dijo
Pablo. —No escucha la voz de la casa.
—No importa
–dijo Adela. —Nosotros te contamos.
Y me
contaban.
Sobre la
viejita, que tenía ojos sin pupilas pero no estaba ciega.
Sobre el
viejito, que quemaba libros de medicina junto al gallinero vacío, en el patio
de atrás. Sobre el patio de atrás, igual de seco y muerto que el jardín, lleno
de pequeños agujeros como madrigueras de ratas.
Sobre una
canilla que no dejaba de gotear porque lo que vivía en la casa necesitaba agua.
A Pablo le
costó un poco convencer a Adela de entrar. Fue extraño. Ella parecía tener
miedo. Ella parecía entender mejor. Mi hermano le insistía. La agarraba del
único brazo y hasta la sacudía. Decidieron entrar a la casa el último día del
verano. Fueron las exactas palabras de Adela, una tarde de discusión en el
living de su casa.
—El último
día del verano, Pablo –dijo. —Dentro de una semana.
Quisieron
que yo los acompañara y acepté porque no quería dejarlos. Yo tenía 9 años. Era
más chica que ellos pero sentía que debía cuidarlos. Que no podían entrar solos
a la oscuridad.
Decidimos
entrar de noche, después de cenar. Teníamos que escaparnos pero salir de casa
de noche, en verano, no era tan difícil. Los chicos jugaban en la calle hasta
tarde en el barrio. Ahora ya no es así. Ahora es un barrio pobre y peligroso,
los vecinos no salen, tienen miedo de que los roben, tienen miedo de los
adolescentes que toman vino en las esquinas. El chalet de Adela se vendió y fue
dividido en departamentos. En el parque se construyó un galpón. Es mejor, creo.
El galpón oculta las sombras.
Un grupo de
chicas jugaba al elástico en el medio de la calle; cuando pasaba un auto
paraban para dejarlo pasar. Más lejos, otros pateaban una pelota y donde el
asfalto era más nuevo, más liso, algunas adolescentes patinaban. Caminamos
entre ellas, desapercibidos. Adela esperaba en el jardín muerto. Estaba muy
tranquila.
Conectada,
pienso ahora.
Nos señaló a
puerta y yo gemí de miedo. Estaba entreabierta, apenas una rendija.
—¿Cómo? —preguntó
Pablo.
—La encontré
así.
Mi hermano
se sacó la mochila y la abrió. Traía llaves, destornilladores, palancas;
herramientas de mi papá, que había encontrado en una caja, en el lavadero. Ya
no las iba a necesitar. Estaba buscando la linterna.
—No hace
falta –dijo Adela.
La miramos
confundidos. Ella abrió la puerta del todo y entonces vimos que adentro de la
casa había luz.
Recuerdo que
caminamos de la mano, bajo esa luminosidad que parecía eléctrica, aunque en el
techo, donde debía haber lámparas, sólo había cables viejos, asomando de los
huecos como ramas secas. Afuera era de noche y amenazaba tormenta, una poderosa
lluvia de verano. Adentro hacía frío y olía a desinfectante y la luz era como
de hospital. La casa no parecía rara, al principio. En el pequeño hall de
entrada estaba la mesa del teléfono, un teléfono negro, como el de nuestros
abuelos.
Que por
favor no suene, que no suene, me acuerdo que recé, que repetí en voz baja, con
los ojos cerrados. Y no sonó.
Los tres
juntos pasamos a la siguiente sala. La casa se sentía más grande de lo que
parecía desde afuera. Y zumbaba, como si detrás de las paredes vivieran
colonias de bichos ocultos bajo la pintura.
Adela se
adelantaba, entusiasmada, sin miedo. Pablo le pedía “esperá, esperá” cada tres
pasos. Ella hacía caso pero no sé si nos escuchaba claramente. Cuando se daba
vuelta para mirarnos, parecía perdida. En sus ojos no había reconocimiento.
Decía “sí, sí”, pero yo sentí que ya no nos hablaba a nosotros. Pablo sintió lo
mismo. Me lo dijo después.
La sala
siguiente, el living, tenía sillones sucios, de color mostaza, agrisados por el
polvo. Contra la pared se apilaban estantes de vidrio. Estaban muy limpios y
llenos de pequeños adornos, tan pequeños que tuvimos que acercarnos para
verlos. Recuerdo que nuestros alientos, juntos, empañaron los estantes más
bajos, los que alcanzábamos: llegaban hasta el techo.
Al principio
no supe lo que estaba viendo. Eran objetos chiquitísimos, de un blanco
amarillento, con forma semicircular. Algunos eran redondeados, otros más
puntiagudos. No quise tocarlos.
—Son uñas
–dijo Pablo.
Sentí que el
zumbido me ensordecía. Abracé a Pablo, pero no dejé de mirar. En el siguiente
estante, el de más arriba, había dientes. Muelas con plomo negro en el centro,
como las de mi papá, que las tenía arregladas; incisivos, como los que me
molestaban cuando empecé a usar el aparato de ortodoncia; paletas como las de
Roxana, la chica que se sentaba adelante mío en la escuela; le decíamos Coneja
Cuando
levanté la cabeza para mirar el tercer estante, se apagó la luz.
Adela gritó
en la oscuridad. Yo solamente escuchaba mi corazón: latía tan fuerte que me
dejaba sorda. Pero sentía a mi hermano, que me abrazaba los hombros, que no me
soltaba. De pronto vi un redondel de luz en la pared: era la linterna. Dije
“salgamos, salgamos”. Pablo, sin embargo, caminó en dirección opuesta a la
salida, siguió entrando en la casa. Lo acompañé. Quería irme, pero no sola.
La luz de la
linterna iluminaba cosas sin sentido. Un libro de medicina, de hojas
brillantes, abierto en el suelo. Un espejo colgado cerca del techo, ¿quién
podía reflejarse ahí? Una pila de ropa blanca. Pablo se detuvo: movía la
linterna y la luz sencillamente no mostraba ninguna otra pared. Esa habitación
no terminaba nunca o sus límites estaban demasiado lejos para ser alcanzados
por la luz de una linterna.
—Salgamos
–volví a decirle y recuerdo que pensé en irme sola, en dejarlo, en escapar.
—¡Adela! —gritó Pablo. No se la escuchaba en la oscuridad. Dónde podía estar, en esa habitación eterna.
—¡Adela! —gritó Pablo. No se la escuchaba en la oscuridad. Dónde podía estar, en esa habitación eterna.
—Acá.
Era su voz,
muy baja, cercana. Estaba detrás nuestro. Retrocedimos. Pablo iluminó el lugar
de donde venía la voz y entonces la vimos.
Adela no había
salido de la habitación de los estantes. Nos saludó con la mano derecha, parada
junto a una puerta. Después se dio vuelta, abrió la puerta que estaba a su lado
y la cerró detrás suyo. Mi hermano corrió pero cuando alcanzó la puerta, ya no
pudo abrirla. Estaba cerrada con llave.
Sé lo que
Pablo pensó: buscar las herramientas que había dejado afuera, en la mochila,
para abrir la puerta que se había llevado a Adela. Yo no quería rescatarla:
solamente quería salir y lo seguí, corriendo. Afuera llovía y las herramientas
estaban desparramadas sobre el pasto seco del jardín; mojadas, brillaban en la
noche. Alguien las había sacado de la mochila. Cuando nos quedamos quietos un
minuto, asustados, sorprendidos, alguien cerró la puerta desde adentro.
La casa dejó
de zumbar.
No recuerdo
bien cuánto tiempo pasó Pablo intentando abrir la puerta. En algún momento
escuchó mis gritos. Y me hizo caso.
Mis padres
llamaron a la policía.
Y todos los
días y casi todas las noches vuelvo a esa noche de lluvia. Mis padres, los
padres de Adela, la policía en el jardín. Nosotros empapados, con pilotos
amarillos. Los policías que salían de la casa diciendo que no con la cabeza. La
madre de Adela desmayada bajo la lluvia.
Nunca la
encontraron. Ni viva ni muerta. Estuvieron dentro de la casa durante horas,
toda esa noche y hasta la madrugada. Adela no estaba. Nos pidieron la
descripción del interior de la casa. Se la dimos. La repetimos. Mi madre me dio
un cachetazo cuando hablé de los estantes y de la luz. “¡La casa está llena de
escombros, mentirosa!”, me gritó. La madre de Adela lloraba y pedía por favor
dónde está mi hija.
En la casa,
le dijimos. Abrió una habitación de la casa, entró y ahí debe estar todavía.
Los policías
decían que no quedaba una sola puerta dentro de la casa. Ni nada que pudiera
ser considerado una habitación. La casa era una cáscara, decían. Todas las
paredes interiores habían sido demolidas.
Recuerdo que
lo escuché decir “máscara”, no “cáscara”. La casa es una máscara, escuché.
Creían que
mentíamos. O que estábamos shockeados. No querían creer, siquiera, que habíamos
entrado a la casa. Mi madre no nos creyó nunca. La policía rastrilló el barrio
entero, allanó cada casa. Incluso detuvieron a algunos vecinos por sospechosos,
pero tuvieron que dejarlos libres muy pronto: nada los relacionaba con un
supuesto secuestro. El caso estuvo en televisión: nos dejaban ver los
noticieros y leer las revistas que hablaban de la desaparición. La madre de
Adela nos visitó varias veces y siempre decía: “A ver si me dicen la verdad,
chicos, a ver si se acuerdan”.
Nosotros
volvíamos a contar todo. Ella se iba llorando. Mi hermano también lloraba. Yo
la convencí, yo la hice entrar, decía.
Una noche,
mi papá se despertó en medio de la noche, escuchó que alguien intentaba abrir
la puerta. Se levantó de la cama, agazapado, pensando que encontraría a un
ladrón. Encontró a Pablo, que luchaba con la llave en la cerradura –esa
cerradura siempre andaba mal—; llevaba herramientas y una linterna en la
mochila. Los escuché gritar durante horas y recuerdo que mi hermano le pedía
por favor, que quería mudarse, que si no se mudaba, se iba a volver loco.
Nos mudamos.
Mi hermano se volvió loco igual. Se suicidó a los 22 años. Yo reconocí el
cuerpo destrozado. No tuve opción: mis padres estaban de vacaciones en la costa
cuando se arrojó frente al tren, bien lejos de nuestra casa, cerca de la
estación Beccar. No dejó una nota. Él siempre soñaba con Adela: en sus sueños,
nuestra amiga no tenía uñas ni dientes, sangraba por la boca, sangraban sus
manos.
Desde que
Pablo se mató yo vuelvo a la casa. Entro al jardín, que sigue quemado y
amarillo. Miro por las ventanas, abiertas como ojos negros: la policía derrumbó
los ladrillos que las tapiaban hace quince años y así quedaron, abiertas.
Adentro, cuando el sol la ilumina, se ven vigas, el techo agujereado, y basura.
Los chicos del barrio saben lo que pasó ahí dentro. Los chicos creen nuestra
versión. Nunca se pudo probar un secuestro. Nunca hubo pistas. Durante una
época cambiaban al equipo de investigadores, echaban a policías, temblaba el
gobernador. Ahora el caso está cerrado. Adentro de la casa, en el piso, los
chicos del barrio pintaron con aerosol el nombre de Adela. En las paredes de
afuera también. ¿Dónde está Adela?, dice una pintada. Otra, más pequeña,
escrita en fibra, repite el modelo de una leyenda urbana: hay que decir Adela
tres veces a la medianoche, frente al espejo, con una vela en la mano, y
entonces veremos reflejado lo que ella vio, quién se la llevó.
Mi hermano,
que también visitaba la casa, vio estas indicaciones e hizo este viejo ritual,
una noche. No vio nada. Rompió el espejo del baño con sus puños y tuvimos que
llevarlo al hospital.
No me animo a entrar. Hay una pintada sobre la puerta que me mantiene afuera. “Acá vive Adela, ¡cuidado!”, dice. Imagino que la escribió un chico del barrio, en chiste, o en desafío, para asustar. Pero yo sé que tiene razón. Que esta es su casa. Y todavía no estoy preparada para visitarla.
No me animo a entrar. Hay una pintada sobre la puerta que me mantiene afuera. “Acá vive Adela, ¡cuidado!”, dice. Imagino que la escribió un chico del barrio, en chiste, o en desafío, para asustar. Pero yo sé que tiene razón. Que esta es su casa. Y todavía no estoy preparada para visitarla.