El humor y su concepto; humor y comicidad- Silvia Hernández Muñoz (marzo de 2012)
El humor forma parte de la actividad esencial y exclusiva del ser humano, al igual que el pensamiento. No hay humor si no hay pensamiento. Sin embargo, encerrarlo en una definición resulta prácticamente imposible, no sólo en su concepto, sino en sus variedades. El sentido del humor es un término muy relativo, es casi indefinible e inabordable por naturaleza propia. Es compatible con gran variedad de argumentos y de actitudes. Depende de las culturas, de los momentos históricos, del nivel social, cultural y económico de cada persona. Como comenta Ramón Gómez de la Serna en «Gravedad e importancia del humorismo»: «Definir el humorismo en breves palabras, cuando es el antídoto de lo más diverso, cuando es la restitución de todos los géneros a su razón de vivir, es de lo más difícil del mundo».
Su estudio es un tema que ha sido tratado por reconocidos autores, como veremos más adelante, desde Platón, Aristóteles, Hobbes, Kant, Hegel, Schopenhauer, pasando por Baudelaire o Pirandello, Freud, Bergson, Huizinga, Jankélévitch, Adorno, Ortega y Gasset, hasta Lipovetsky, entre otros. También ha sido estudiado en otros campos de las ciencias humanas y sociales como antropología, medicina, pedagogía y comunicación lingüística, entre otros.
Humor y comicidad
El origen de la palabra humor está en las antiguas civilizaciones griega y romana, desde el «físico» –médico– Hipócrates de Cos (460 a. C.) se designaba a «cada uno de los líquidos de un organismo vivo»; es la acepción del latín de la palabra (humor, -õris): bilis negra, bilis, flema y sangre. Teofrasto (372-287 a. C.), miembro del círculo platónico y continuador de Aristóteles, y otros elaboraron una relación entre los humores y el carácter de las personas.
Así, aquellos individuos con mucha sangre eran sociables, aquellos con mucha flema eran calmados, aquellos con mucha bilis eran coléricos y aquellos con mucha bilis negra eran melancólicos. La personalidad de cualquier hombre estaba conformada por los cuatro humores, aunque generalmente uno sobresalía frente a otros, determinando la personalidad y el físico. Los estados de salud humana se atribuían al adecuado –o inadecuado– equilibrio de estos humores en el cuerpo. La idea de la personalidad humana basada en humores fue una base esencial para las comedias de Menandro y, más tarde, las de Plauto. Sostenían que el equilibrio de la vida se debía, principalmente, a que los humores estuviesen compensados y creían que toda enfermedad procedía de una perturbación de algún humor.
En la Poética, Aristóteles realiza una reflexión estética a través de la caracterización y descripción de la tragedia y otras artes imitativas. Relaciona directamente el origen de la Comedia con las comparsas que acompañaban la procesión de Dionisos y que intercambiaban chistes con los miembros del cortejo y los propios espectadores. En la Comedia Antigua los chistes tenían mucho que ver con el sexo y la excreción y se expresaban en un lenguaje desinhibido. Algunos ciudadanos eran ridiculizados, y aparecen con sus propios nombres como Sócrates satirizado en Nubes de Aristófanes. En la burla entraban incluso algunos dioses, pero sin llegar nunca al extremo de cuestionar su existencia. Es difícil ver hasta qué punto subyace una crítica seria a la sociedad detrás de los chistes y las bromas. La Comedia Antigua era al mismo tiempo una amalgama de creencias religiosas, sátira y crítica (política, social y literaria) mezclada con bufonadas.
Un dibujo de Leonardo da Vinci titulado Cinco cabezas grotescas, muestra un grupo de viejos, uno de ellos está disfrazado de César, la sátira política parece causar la risa de sus compañeros, dos esbozan sonrisas, uno ríe mostrando las encías desdentadas y el último estalla en una carcajada grosera que muestra lo más profundo de la cavidad de la boca. Se trata de una risa descarada que describe en este dibujo las caricaturas y perfiles grotescos con los que Leonardo dio cuenta de lo monstruoso en el espectro de lo real. Leonardo representa aquí, la teoría de los cuatro humores o humorismo que se mantuvo hasta la Edad Media y el Renacimiento, donde pasó a significar el genio o condición de las personas causados por los «humores vitales». La teoría humoral fue el punto de vista más común del funcionamiento del cuerpo humano entre los «físicos» europeos hasta la llegada de la medicina moderna a mediados del siglo XIX.
Aunque el término se asoció a lo risible en general, todavía hoy se mantiene de fondo la noción antigua de fluido corporal. Así, en el Diccionario de uso del español de María Moliner se define como: «estado de ánimo de una persona, habitual o circunstancial, que le predispone a estar contenta y mostrarse amable, o por el contrario, a estar insatisfecha y mostrarse poco amable», es decir, refiere a una actitud subjetiva de carácter general.
Humorismo
(…) Humor en su sentido más amplio y vulgarmente admitido, se refiere a todo aquello que hace reír. Es decir, con la palabra «humor» no sólo se alude a la «tendencia o disposición del ánimo o del sentimiento a lo risible o jocoso» que «se presenta como opuesta a la tendencia seria o trágica», sino que por extensión, se aplica a todas las formas de lo risible, desde lo cómico propiamente a lo humorístico, e incluso se identifica con la risa misma.
Comicidad
Desde la Antigüedad, el humor ha aparecido estrechamente vinculado a lo cómico, entendido éste como consecuencia del espectáculo de lo ridículo, deforme, erróneo o incongruente que, si no provoca dolor o compasión, suscita en el espectador un sentimiento de superioridad que se manifiesta en la risa. Algunos autores afirman que el objeto necesario provocador de la risa es el efecto de sorpresa –el proceso de desconcierto-esclarecimiento. Otros consideran risible todo lo que se opone a la norma o destruye lo previsto. Aunque la sorpresa no es esencial en lo cómico, es inherente en muchos casos.
En este sentido, Henri Bergson en su obra clásica La risa asegura que el mayor enemigo de la risa es la emoción, si bien considera lo cómico como la percepción de la rigidez, anquilosamiento o la mecanización de la vida. Lo cómico, expresa por tanto, según Bergson, cierta imperfección individual o colectiva que exige una corrección inmediata y esta corrección es la risa, que encierra, además, un deseo de humillar al sujeto cómico con la intención de modificar su conducta. Algunos filósofos han caracterizado lo cómico –entre ellos Schopenhauer o Hegel–como la percepción de un contraste, un contrasentido o incongruencia. Los actos que se escapan a las leyes, hábitos y convenciones y se oponen o destruyen lo previsto, serían actos cómicos. Incluso en algunos casos han considerado la novedad como un rasgo esencial de lo risible. En la famosa obra de Miguel de Cervantes, por ejemplo, utiliza la locura de Don Quijote como una justificación para presentar una serie de situaciones incongruentes que resultan cómicas y que además incluyen la sorpresa por lo inesperado de dichas situaciones a lo largo de toda la obra.
Esta concepción de lo cómico como subversión o, cuanto menos, como divergencia con respecto al sistema de valores vigentes en un determinado grupo social, explica que la comicidad varíe de país a país y se transforme con el tiempo, ya que, al igual que las costumbres y las normas, está sujeta a condicionamientos culturales y de las modas. El contexto que propicia la percepción de lo risible aparece estrechamente vinculado al juego, entendido no sólo como actividad contraria al trabajo práctico, sino como actitud opuesta a la seriedad. Este aspecto lúdico de lo risible ha permitido relacionar el placer cómico con el goce estético, pues –excepto para quienes atribuyen a la risa la función de correctivo social–, tienen ambos el mismo carácter desinteresado. Pero a la supuesta gratuidad del placer cómico opone Lipps dos razones para excluirlo del ámbito de la estética: la primera, que el goce no procede del objeto sino de la relación intelectual que se establece con el mismo; la segunda, la ausencia de comunicación sentimental. Sin embargo, continúa, ello no impide que lo cómico sea un posible medio para la obtención de placer estético si la negación que supone la comicidad sirve para realizar por contraste lo positivo o sublime de un valor negado, en este caso se habla de humorismo.
Cambios en tu hijo adolescente- Roberto
Fontanarrosa
Tu hijo adolescente está
cambiando. Y está cambiando a ojos vista. Lo miras cuando duerme y te asombras
de que los pies le asomen una cuarta por el extremo más lejano de la cama. Los
brazos se le enredan, como si no encontraran sitio, y la cabeza pende por la
otra punta de su lecho como la de un pollo muerto. ¡Y es la misma cama que
parecía enorme para él no hace tantos años, cuando con tu esposa decidieron
cambiarlo de la cunita con barrotes porque saltaba afuera de ella como si fuese
un mono!
Tu hijo ya no tiene el rostro
redondeado y rubicundo de cuando era un niño, sino que la cara ha adquirido
rasgos angulosos y su color se torna, día a día, más verdoso. Incluso sus
movimientos no tienen ahora la armonía de cuando pequeño, cuando todo,
absolutamente todo lo que hacía era gracioso. Arrojaba un plato de sopa al piso
y era encantador. Aplastaba con su pequeño piecito las mejores flores del
jardín de tu casa y arrancaba risas. Retorcía con saña la piel sedosa del
paciente perro y movía a elogios.
Ahora está algo torpe,
desmañado y le cuesta habituarse a sus nuevas medidas antropométricas, las que
ha adquirido durante el desarrollo Se golpea frecuentemente contra las puertas
del aparador, empuja sin querer con los codos los vasos de la mesa y se da la
frente con estruendo contra el dintel de la puerta del fondo.
'¿Qué está ocurriendo con mi
hijo?', te preguntas. ¿Qué fenómeno mutante le sucede, que se levanta una
mañana y ha crecido cinco centímetros, sale de dos días con fiebre y se ha
estirado ocho? Porque, incluso, seamos sinceros: huele mal. El sabandija huele
a rayos. ¿Adónde quedó ese aroma a talco boratado, a jabón Lanoleche y a
perfume suave que lo envolvía como una nube celestial cuando era muy niño y
daba placer estrujarlo? Ahora emana un tufillo confuso a almizcle y a aguas
servidas, a goma agria y a perro mojado.
Cuando tú entras en su
habitación respiras el aire denso del encierro, un pesado vaho a zoológico, a
establo, a pesebre, a leonera, a mingitorio de baño público. Además, el
sabandija se niega a bañarse. No te lo dice directamente, no te enfrenta
mirándote a los ojos cuando se resiste a entrar a la bañera, no. Pero elude el
momento, se olvida, finge no tener tiempo, aduce que el estudio le quita
oportunidades de asearse.
Tu esposa le ha comprado
cientos de nuevas camisetas, algunas de ellas con estampados jubilosos,
alegres, juveniles. Tu hijo, sin embargo, se empecina en usar siempre la misma
camiseta negra, arrugada, con el estampado en blanco de un cocodrilo del
Ganges, con la que ha dormido las últimas nueve noches.
Ahora mismo, mientras lo miras
durmiendo despatarrado sobre la cama que ya le queda chica, adviertes que sus
piernas, esas mismas piernas que, cuando bebé, eran cortas extremidades
rollizas, infladas, rosáceas y regordetas son, de pronto, largas piernas
huesudas que, en sectores, muestran una granulosidad plena de canutos similar a
la de la piel de los pollos congelados. Y en otras zonas unos enormes, largos y
negros pelos simiescos que confieren a tu hijo una apariencia silvestre.
Su piel, por otra parte, en
estos momentos, ya no es más la tersa y suave que tanto te gustaba tocar cuando
no tenía más de 9 años. Tu hijo está viviendo una explosión hormonal, sus
glándulas sebáceas se han declarado en estado de alerta máxima, y revientan,
especialmente sobre la superficie de su rostro.
¿Qué hay, incluso, sobre sus
labios amoratados? Detectas una sombra. Pero no es, precisamente, la sombra de
su sonrisa, como bien lo poetizaba la canción aquélla. Es un bozo, una pelusa
de bigote, una suerte de suciedad grisácea que brinda a su labio superior un
ribete desprolijo, como si no se hubiese limpiado la base de la nariz luego de
comer cenizas.
Pero mucho te equivocarías si
tan sólo te detuvieras en eso, en la observación de los cambios físicos,
notorios y evidentes. Si sólo te quedaras en precisar que su cabello opaco se
enreda en grumos intrincados, sus rodillas tienen la dimensión de dos tazas de
café y su aliento huele a comadreja. Ocurre algo más, algo más profundo y
complicado aparte del replanteo de diseño y decoración personal de tu hijo.
Ocurre algo más y es esto: tu hijo está cambiando como persona, como ser
humano. Como las serpientes, está mudando de piel y de personalidad.
Hay veces –muchas, debes confesarlo– en que le
hablas y no te oye. Parece escucharte, pero no registra en lo más mínimo lo que
le has dicho. O masculla, simplemente: 'Sí, sí, está bien. Está bien', como se
les dice a los locos, sólo para conformarlos. O, cuando le reprochas algo, responde
con frases de un cinismo notable tales como 'Mala suerte' o 'Qué pena', como
aseverando que tus desvelos por corregirlo serán vanos, morirán, infructuosos,
aplastados por los ya escritos designios del destino. O sólo contesta con un
desafiante e insolente
'¿Y...?' cuando su madre le
recuerda que no ha ido este mes a visitar a sus tíos. Y hay otro llamado de
atención, te recuerdo, muy claro y estremecedor, convengamos: en ocasiones te
mira como para matarte. Aquellos ojos de ardilla que se abrían encantadores
cuando tú le mostrabas el libro con la historia de los dos ositos, ahora se
clavan en los tuyos y tú adviertes, lisa y llanamente, que tras sus pupilas
titila un brillo asesino, el mismo que alumbrara la locura homicida de Manson.
Tú te has atrevido a entrar en
su habitación luego de golpear un par de veces, desde luego. Le has recordado
que debe ir a limpiar el baño que quedó hecho un lodazal luego de que él, por
fin, accediera a darse la ducha semanal, y has interrumpido su videojuego en la
computadora. Te dijo, rumiante, que ya iría a secar el baño, pero tú,
imprudente, has insistido.
Es entonces cuando él te mira
tal como lo describíamos. Te mira y te dice, con una voz donde relampaguea una
inflexión filosa y acerada, separando notoriamente cada sílaba:
'Te-dije-que-ya-iba-a-ir'. Y serpentea por sus palabras una apenas velada
amenaza de homicidio. ¡Es él, tu hijo, el mismo niño que para las Navidades
cantaba junto a ti villancicos con voz dulce y graciosa! Algo se está
solidificando dentro del magma espiritual de tu muchacho.
Algo, dentro de esa corriente de agua pura y
cristalina que era tu pequeño, se está congelando, está creando sus propios
ángulos y sus propias aristas. Has palpado algo duro allí dentro, por cierto.
¿Dónde ha quedado aquella personita minúscula, genuinamente inocente, que se
creía la historia del ratoncito que deposita dinero a cambio de un diente
caído? Tú mismo empezaste a cambiarla cuando le enseñaste a negociar, te
informo.
Les has vendido espejitos a
los indios, mi amigo. Les has mostrado el poder del canje, les has cambiado
pieles de zorro por aguardiente. Ahora saben que tú debes darles algo cuando
les pidas alguna cosa. Tu propia esposa inició a tu hijo en eso cuando le
prometía dejarlo ver el programa de televisión con los Muppets si él era tan
bueno de comer la primera cucharada de la repugnante papilla.
Tú mismo lo acostumbraste a la
extorsión cuando negociaste no llevarlo sobre tus hombros en el paseo por el
shopping vecino a cambio de comprarle un chupetín con forma de rinoceronte.
Ahora le pides gentilmente que apague la luz de su pieza cuando no la usa y te
exige diez dólares, le ruegas que no deje tiradas sus ropas por el suelo y
pretende un compact de los Screaming Headless Torsos, le indicas que no apoye los
codos sobre la mesa y ruge que necesita una moto japonesa.
No te sorprendas, mi amigo. La
explicación es muy simple: él está cada vez más parecido a ti mismo, es ya un
delincuente como todos nosotros, es uno más de la banda, lo estamos integrando
jubilosamente en el clan. Y hay otro detalle: ya no puedes pegarle. Ese
coscorrón sonoro sobre el remolino de pelo que tiene en la cabeza, ese manotazo
plano sobre sus asentaderas cuando hacía algo malo, ese zamarreo espasmódico
tomándolo de un hombro cuando berreaba como un demonio, ya no es atinado.
Ahora, te diría que lo pienses
muy bien antes de hacerlo. Ayer mismo le levantaste una mano y te miró
fijamente, como calculando la resistencia de tus huesos, la oposición que
presentaría la piel de tu cuello a la punta doble y metálica de una tijera. Lo
miras ahora, mientras duerme, cuando parece recuperar algo de ese toque
angelical que poseía en el colegio primario, y ves que su espalda tiene casi el
mismo ancho que su almohada, y que los músculos jóvenes de los brazos son
protuberancias tensas, como si tuviese sogas que le corrieran bajo la piel.
Lo comprobaste, además, no
hace mucho, cuando le asestaste un festivo empujón sobre una tetilla, a modo de
chanza, y tu mano chocó contra una superficie que tenía la granítica dureza del
cemento, una dureza que en tu propio cuerpo de padre sólo podría encontrarse en
la hebilla de tu cinturón. Podría matarte con una sola de sus manos, en suma.
Perdiste tu oportunidad de
pegarle cuando estabas a tiempo. Ahora ya es tarde. Pero no te inquietes, tu
hijo está en una etapa de cambios. Su personalidad se retuerce como una culebra
caída en el fuego. Varía día tras día, se transforma, muta. Hoy verás a tu hijo
silencioso y reconcentrado, como preocupado por un futuro que se le antoja
amenazante. Mañana lo verás conversador y tumultuoso, atacado por un hambre
feroz que lo llevará a comer cuatro filetes de cerdo acompañados con huevos
fritos. Ayer lo habías contemplado esquivo y distante, abocado a leer poemas de
Verlaine y de Rimbaud.
Su alma es una suerte de
masilla blanduzca, que se modifica y amolda a las presiones que recibe. Aparece
un día diciendo que quiere ser jugador de basquet, y no se saca durante 24
horas esa ridícula gorra de los Dodgers. Al día siguiente opina que su destino
está en la Bolsa de Valores y se empecina en lucir un saco oscuro con corbata
al tono sobre los pantalones vaqueros. Mañana por la mañana sostendrá que desea
sacar la visa para irse a vivir a Rusia y criar allí conejos de angora. Por la
tarde confesará que está enamorado y habrá de casarse al poco tiempo. Su
perfil, su forma de ser, fluye, se eleva y se distorsiona como esas voluptuosas
volutas aceitosas que giran dentro de los cilindros iluminados que suelen
ponerse como adorno en las casas de decoración llenos de un líquido ámbar y
moroso.
Pero pronto, mucho antes de lo
que tú te imaginas, aparecerá el modelo terminado. La naturaleza habrá
completado su diseño. Se habrá confirmado la curva de su mandíbula, encontrará
su diámetro la extensión de la cintura y las excrecencias de la piel se harán
más y más infrecuentes en las inmediaciones de la nariz y la boca. Hasta la voz
ya no le patinará tanto en algunos tonos, adquiriendo un matiz más parejo y
previsible. Pero lo más importante: podrá advertirse una estructura firme, un
andamiaje que sostenga a una personalidad definitiva y consolidada.
Y entonces, mi querido amigo,
padre y custodio de un adolescente, cuanto tu hijo haya adquirido ya una
personalidad concreta, sólida, palpable, buena o mala pero propia, definida,
conocerá a una mujer. Conocerá a una mujer y esa mujer intentará cambiarlo.
(Tomado de Te digo más... y otros cuentos, de
Roberto Fontanarrosa. Publicado por Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2001)
Nunca lleves a tu hija a un concierto pop- Hernán Casciari
Me salvé de la colimba y de la guerra. Me salvé de ser vegetariano. Me salvé de muchas cosas horribles. Pero no pude esquivar la bala más dolorosa: llevar a mi hija a un concierto de Violetta. No le pude decir que no, porque en el fondo yo mismo le inculqué el consumo de cosas argentinas.
Entonces, cuando Violetta vino a Barcelona, la tuve que llevar. Es espantoso, porque cuando llegás tu hija se convierte en una masa de quince mil nenas iguales, que gritan todas al mismo tiempo.
Cuando los de seguridad amagan con abrir la puerta, ellas gritan. Cuando se escucha de fondo una prueba de sonido, gritan más fuerte. Cuando entramos por fin al estadio, aúllan todas juntas.
El olor del pochoclo dulce siempre me descompuso del estómago. Además no entro en mi butaca, estoy incómodo. Me pongo auriculares para escuchar la radio, pero es imposible. Saco un libro de mi mochila pero no puedo leer porque de repente, ¡chuf!, se apagan las luces. Y cuando se apagan las luces todas gritan más fuerte. ¡Quince mil nenas chillando como chanchas preñadas!
Gritan sin sentido, sin argumento, sin piedad. Y cuando pienso que nada puede ser peor que ese sonido agudo y horrible, salen al escenario doce adolescentes excitados y se ponen a cantar una canción espantosa. Veo, a la izquierda, a un papá que se desmaya sin hacer ruido. Nadie se da cuenta. Una docena de nenas le bailan encima y le pisan la cara y los pulmones.
Más atrás, otro papá se está bajando una botella de Criadores que trajo escondida; le tiembla el labio de arriba. Mi dolor de tímpanos es cada vez más intenso. Las canciones y las coreografías no se detienen, son como un tren de carga: una porquería atrás de la otra, todas llenas de un ritmo empalagoso y poco serio.
Para peor, cuando en el escenario aparece determinado muchachito, que se llama León y por lo visto es muy lindo de cara, las quince mil nenas gritan el triple de fuerte. ¡Qué ganas de meter a ese León en una jaula y tranquilizarlo a latigazos!
Intento taparme los oídos con las manos y siento los dedos húmedos. Entonces me miro las yemas y tengo sangre.
—¡Me están sangrando las orejas! —grito—. ¡Por favor, paren de cantar, hijos de puta!
Pero nadie me escucha, ni arriba del escenario ni abajo.
A mi izquierda, el papá de unas mellizas está tratando de suicidarse con el filo de una lata de Fanta, pero no lo consigue. Y más allá otro padre intenta escaparse solo del estadio. En el escenario empieza a sonar un rocanrról espantoso. Parece que es una canción muy esperada, porque las quince mil criaturas saltan de las butacas numeradas y se apretujan contra la baranda. Y bailan, y gritan y se funden en una especie de budín de nenas recalentadas.
De repente ningún padre encuentra a su hija, y entonces se suman al dolor de oído los propios gritos paternos:
—¡Jenifer!
—¡Aldana!
—¡Señorita Marianela!
Este último grito es de una niñera. Qué suerte que tienen los padres ricos, que mandan a sus hijas al concierto con la empleada.
Yo tampoco encuentro a Nina, pero no puedo gritar porque me empezaron a sangrar las encías. Si grito salpico a todo el mundo. Por suerte el concierto empieza a terminar. Me doy cuenta porque el volumen está cada vez más fuerte y porque me acaba de explotar el ojo derecho. Hizo ¡plop! y se oscureció medio recital.
Las quince mil nenas se mueven por todas partes con la misma soltura que las ratas en las calles de la Francia antigua. Y de lejos veo a Nina, a mi hija. Está arriba de un parlante de seis metros, bailando con un desenfreno que nunca en la vida le puso a la limpieza de su habitación.
Me guardo mi ojo derecho en el bolsillo, subo a mi hija a mis espaldas y empiezo a correr. No oigo nada, solamente siento un zumbido en el cerebro, igual que los soldados cuando les cae una granada cerca.
Sigo las flechas del suelo entre el humo y la barbarie y de repente salimos a la calle. ¡Ah, aire...! Hay ambulancias y paramédicos en la vereda, muchos padres heridos, otros deambulando sin rumbo; muchísimas nenas peladas de tanto arrancarse las mechas.
Yo empiezo a llorar de miedo, y entonces mi hija me abraza fuerte y me dice:
—Fue el día más feliz de mi vida, papá —eso me dice.
Y entonces me doy cuenta de que ir a un concierto pop infantil no es como ir a la guerra. Es peor que ir a la guerra. Pero ojalá todas las guerras terminen así, con una hija feliz apretándote fuerte en el medio del caos.
(Revista Orsai; mayo 2015; http://editorialorsai.com/blog/post/concierto_con_hija)
Me salvé de la colimba y de la guerra. Me salvé de ser vegetariano. Me salvé de muchas cosas horribles. Pero no pude esquivar la bala más dolorosa: llevar a mi hija a un concierto de Violetta. No le pude decir que no, porque en el fondo yo mismo le inculqué el consumo de cosas argentinas.
Entonces, cuando Violetta vino a Barcelona, la tuve que llevar. Es espantoso, porque cuando llegás tu hija se convierte en una masa de quince mil nenas iguales, que gritan todas al mismo tiempo.
Cuando los de seguridad amagan con abrir la puerta, ellas gritan. Cuando se escucha de fondo una prueba de sonido, gritan más fuerte. Cuando entramos por fin al estadio, aúllan todas juntas.
El olor del pochoclo dulce siempre me descompuso del estómago. Además no entro en mi butaca, estoy incómodo. Me pongo auriculares para escuchar la radio, pero es imposible. Saco un libro de mi mochila pero no puedo leer porque de repente, ¡chuf!, se apagan las luces. Y cuando se apagan las luces todas gritan más fuerte. ¡Quince mil nenas chillando como chanchas preñadas!
Gritan sin sentido, sin argumento, sin piedad. Y cuando pienso que nada puede ser peor que ese sonido agudo y horrible, salen al escenario doce adolescentes excitados y se ponen a cantar una canción espantosa. Veo, a la izquierda, a un papá que se desmaya sin hacer ruido. Nadie se da cuenta. Una docena de nenas le bailan encima y le pisan la cara y los pulmones.
Más atrás, otro papá se está bajando una botella de Criadores que trajo escondida; le tiembla el labio de arriba. Mi dolor de tímpanos es cada vez más intenso. Las canciones y las coreografías no se detienen, son como un tren de carga: una porquería atrás de la otra, todas llenas de un ritmo empalagoso y poco serio.
Para peor, cuando en el escenario aparece determinado muchachito, que se llama León y por lo visto es muy lindo de cara, las quince mil nenas gritan el triple de fuerte. ¡Qué ganas de meter a ese León en una jaula y tranquilizarlo a latigazos!
Intento taparme los oídos con las manos y siento los dedos húmedos. Entonces me miro las yemas y tengo sangre.
—¡Me están sangrando las orejas! —grito—. ¡Por favor, paren de cantar, hijos de puta!
Pero nadie me escucha, ni arriba del escenario ni abajo.
A mi izquierda, el papá de unas mellizas está tratando de suicidarse con el filo de una lata de Fanta, pero no lo consigue. Y más allá otro padre intenta escaparse solo del estadio. En el escenario empieza a sonar un rocanrról espantoso. Parece que es una canción muy esperada, porque las quince mil criaturas saltan de las butacas numeradas y se apretujan contra la baranda. Y bailan, y gritan y se funden en una especie de budín de nenas recalentadas.
De repente ningún padre encuentra a su hija, y entonces se suman al dolor de oído los propios gritos paternos:
—¡Jenifer!
—¡Aldana!
—¡Señorita Marianela!
Este último grito es de una niñera. Qué suerte que tienen los padres ricos, que mandan a sus hijas al concierto con la empleada.
Yo tampoco encuentro a Nina, pero no puedo gritar porque me empezaron a sangrar las encías. Si grito salpico a todo el mundo. Por suerte el concierto empieza a terminar. Me doy cuenta porque el volumen está cada vez más fuerte y porque me acaba de explotar el ojo derecho. Hizo ¡plop! y se oscureció medio recital.
Las quince mil nenas se mueven por todas partes con la misma soltura que las ratas en las calles de la Francia antigua. Y de lejos veo a Nina, a mi hija. Está arriba de un parlante de seis metros, bailando con un desenfreno que nunca en la vida le puso a la limpieza de su habitación.
Me guardo mi ojo derecho en el bolsillo, subo a mi hija a mis espaldas y empiezo a correr. No oigo nada, solamente siento un zumbido en el cerebro, igual que los soldados cuando les cae una granada cerca.
Sigo las flechas del suelo entre el humo y la barbarie y de repente salimos a la calle. ¡Ah, aire...! Hay ambulancias y paramédicos en la vereda, muchos padres heridos, otros deambulando sin rumbo; muchísimas nenas peladas de tanto arrancarse las mechas.
Yo empiezo a llorar de miedo, y entonces mi hija me abraza fuerte y me dice:
—Fue el día más feliz de mi vida, papá —eso me dice.
Y entonces me doy cuenta de que ir a un concierto pop infantil no es como ir a la guerra. Es peor que ir a la guerra. Pero ojalá todas las guerras terminen así, con una hija feliz apretándote fuerte en el medio del caos.
(Revista Orsai; mayo 2015; http://editorialorsai.com/blog/post/concierto_con_hija)
La aventura del conocimiento y
el aprendizaje- Alejandro Dolina
La velocidad nos ayuda
a apurar los tragos amargos. Pero esto no significa que siempre debamos ser
veloces. En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse. Tal
parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad. Premura en
lo que molesta, lentitud en lo que es placentero. Entre las cosas que parecen
acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.
En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: “….haga el bachillerato en 6 meses, vuélvase perito mercantil en 3 semanas, avívese de golpe en 5 días, alcance el doctorado en 10 minutos”. Quizá se supriman algunos… detalles. ¿Qué detalles? Desconfío. Yo he pasado 7 años de mi vida en la escuela primaria, 5 en el colegio secundario y 4 en la universidad. Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas. Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.
¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.
A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número. Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las “señoritas livianas”, los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.
Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros. Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio. Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando “Desde el Alma” sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro. Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa. Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente. Gane mucho “vento” sin esfuerzo ninguno.
No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable. ¡No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera!
El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuanto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. “Nunca termina uno de aprender”, reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.
Los cursos que no se dictan: Aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato, y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración. Hay cosas que deberían aprenderse en un instante. El olvido, sin ir más lejos. He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir). Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari. Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. “Olvide hoy, pague mañana”. Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.
Otro curso muy indicado sería el de humildad. Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que un señor soberbio entienda que no es tan pícaro como él supone. Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.
Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos. Tal es el caso de los “sistemas para enseñar lo que es bueno”, “a respetar, quién es uno”, etc. Todos estos cursos comienzan con la frase “Yo te voy a enseñar” y terminan con un castañazo. Son rápidos, efectivos y terminantes.
Elogio de la ignorancia: Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego. Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba.
Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida. De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo.
“Aprenda a tocar la flauta en 100 años”.
“Aprenda a vivir durante toda la vida”.
“Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje”.